sábado, 13 de junio de 2015

Profanaciones, ataques e incendios de Iglesias en la Argentina. A 60 años de la Quema de las Iglesias (16 de junio de 1955) - 3a. Parte



A 60 años de la Quema de las Iglesias, recordar es un deber. Esto también pasó en la Argentina.
 
La novela de Gálvez y cómo se salvó el Cristo
            La novela de Gálvez está centrada en el ataque sufrido por la Iglesia de San Francisco. Al comenzar la novela, nos cuenta Gálvez que Tránsito Guzmán sentía por aquel barrio de Monserrat en Buenos Aires “una veintena de manzanas que rodean a los viejos templos de Santo Domingo y San Francisco, un apegado y familiar amor”[1]. Tránsito amaba lo tradicional y sobre todo, el Templo de San Francisco. Sus amigos, escribe el novelista, eran San Francisco, San Ignacio, San Benito, aquellas imágenes de los altares del templo. “El Cristo Crucificado, imagen de gran tamaño colocada frente al púlpito, no era un amigo para tránsito sino un padre. Muchas veces, de rodillas ante la imagen había clamado sus inquietudes y sus angustias. ¡Qué rostro divino, apacible, manso, elocuente de infinito amor y de paciencia sublime![2].

La novela transcurre en aquellos tremendos días de mediados de 1955. Recrea el clima político de aquella división inconciliable entre peronistas y antiperonistas. El control de la opinión pública por parte del gobierno del Gral. Juan Domingo Perón. Las voces opositoras silenciadas en los medios. Las formas que adquieren entonces las voces opositoras a través de panfletos anónimos impresos en clandestinas imprentas caseras. Y la escalada de violencia que va cobrando dimensiones cada vez mayores hasta llegar a los terribles sucesos del bombardeo en Plaza de Mayo efectuado por aviones de la aeronáutica dependiente de la Marina, al mediodía del 16 de junio y el saqueo, profanación y quema de las iglesias durante la noche de aquél mismo fatídico día.
Así relata cuando Tránsito decide, ante los sucesos que están ocurriendo esa noche, dirigirse a su querido templo de San Francisco. No se atrevía a entrar pensando en lo que encontraría al hacerlo. Hasta que “reuniendo fuerzas y pidiendo a Dios ayuda se decidió a entrar, e iba a hacerlo en el instante que un grupo salía llevando copones, crucifijos pequeños, casullas…”[3]
Al entrar vio primero el montón de bancos que ardían.
Cinco o seis metros de ancho y tres o más de altura. También ardían varios altares laterales. Algunos forajidos rompían o degollaban imágenes de santos, pero respetaban ¡cosa extraña! las de la Virgen. Las humaredas de los incendios apenas dejaban ver el altar mayor. Tránsito, antes de avanzar, se fue a un rincón y allí cayó de rodillas. Lloró un rato. Por suerte no pasaban los incendiarios. Al levantarse, los vio frente al altar mayor, que iba quemándose. Por la puerta de Defensa. Algunos ladrones se llevaban cosas de valor[4].

En medio de la impotencia al ver tanta destrucción y saqueo ocurre el episodio central de la novela
Tránsito vio cómo algunos sacaban del pedestal, con su cruz de tres metros al Cristo que ella tanto amaba. Debía pesar mucho porque los sacrílegos llamaban a otros en su ayuda. ¡Se lo llevaban a la calle, para hacerle quién sabe qué fechorías! (…) Resuelta a dar su vida para salvarla, salió a la calle. No por la puerta de Defensa, que utilizaban los delincuentes, sino exponiéndose a que el fuego la alcanzara, por la puerta principal. (…) Entonces, Tránsito vio, enfrente, en la acera, el gran Crucifijo. Estaba debajo de la luminaria. Lo habían tenido recostado a la pared y ahora intentaban moverle. Tránsito, desesperada, oyó estas frases que los últimos malhechores de la columna en marcha dirigían a la imagen del Señor:
¾Si sos Dios, Bajá de la Cruz y hacé que acabe todo esto.
¾Y que nos quedemos muertos… ¡si es que podés!
A Tránsito le corrían las lágrimas por las mejillas. Una mujer le preguntó, agresivamente:
¾¿Por qué llora? ¿Es de miedo?
Sin moverse, sin mirar a la mujer, con los ojos en el Crucifijo, Tránsito le contestó:
¾Lloro al oír tantas blasfemias, al ver las infamias que cometen contra Cristo, que murió por nosotros para salvarnos. (…)
Tránsito permaneció en éxtasis ante el Cristo. Le vio las manos rotas, y una especie de corriente eléctrica la estremeció. El Crucifijo estaba rodeado por ocho o diez criminales. ¿Pretendían quemarlo? ¿O llevarlo en su procesión grotesca? A Tránsito le obsesionaban las manos rotas del Cristo. (…) Súbitamente, adoptó una resolución heroica. ¿La matarían? No le importaba. Ella quería salvar al Cristo que tanto amaba.
¾¿Por qué hacen eso? ¾gritó con todas sus fuerzas¾. ¿Qué les ha hecho Jesucristo? ¿Por qué lo persiguen?
Y sin mirar a los que la rodeaban, con los ojos puestos en el Crucifijo, atropelló violentamente por entre los que de él la separaban y lo estrechó con todas sus fuerzas, sollozando y besándolo. Y así se estuvo, sin que nadie se atreviese a apartarla[5].


El novelista termina el parágrafo haciendo referencia a la “vanguardia de la grotesca y sacrílega comparsa” que iba llegando a Santo Domingo con sus antorchas incendiarias, sus vociferaciones, sus cantos, sus brincos salvajes y sus blasfemias.
Relata luego, cuando fray Deodoro Amores, uno de los franciscanos del Convento, sobrino de Tránsito Guzmán, sale de la capilla en que rezaban los frailes para ver las consecuencias del desastre. El fraile va recorriendo el Convento, la capilla de San Roque, la Basílica viendo la desolación y destrucción que reinan por todas partes
Cuando miró a la otra acera. Había allí, ahora, sólo diez o doce personas. Pero ¿no era ése el Crucifijo que él creyó quemado? Una mujer estaba abrazada a la imagen y los demás la miraban silenciosamente. Debían ser curiosos. Los incendiarios saqueaban y quemaban Santo Domingo: desde junto al Cristo se oían los chillidos de la grosera antruejada.
Iba a colocarse entre los curiosos, cuando creyó reconocer a la valiente cristiana que se abrazaba al Crucifijo. Se acercó, la miró. Por fin, tocándole un brazo, le dijo:
¾Tránsito …
Ella se volvió. Tenía el rostro en lágrimas. Fray Deodoro lloraba también.
¾¡Deodoro!
Y ambos se abrazaron confundiendo cada uno su dolor con el del otro, y, luego, abrazaron juntos al Cristo[6].

Así relata el novelista lo que sabemos, por su propio testimonio que fue un hecho real. El novelista ha cambiado los nombres y ha recreado los diálogos y en esto obviamente ha intervenido la fantasía literaria. Sin embargo, el hecho es histórico. La imagen fue salvada por el amor y la valentía de aquella ignota mujer. Esa imagen que hoy la Providencia divina quiso que veneremos en nuestro templo sanrafaelino dedicado al Cristo de la Divina Misericordia.
Los caminos de Dios son insondables así es como un suceso trágico de la historia nacional, como fue la quema de las iglesias aquella fatídica noche del 16 de junio de 1955, se vincula con la historia de esta hermosa imagen que hoy preside la Iglesia Parroquial de la Divina Misericordia. Gálvez, por medio de la literatura, nos ha permitido contemplar de manera vívida cómo la imagen  pudo salvarse de la destrucción por el coraje de aquella mujer que arriesgó su vida para evitar que destruyeran al Cristo.
Los designios de la Providencia han querido que hoy esta hermosa representación de Nuestro Señor Jesucristo esté en San Rafael. Conocer mejor la historia de esta imagen nos hará seguramente valorarla con nuevos ojos y ver en ella un testimonio del arrojo y la decisión que hoy Nuestro Señor reclama de nosotros para defender los tesoros de la fe.
¡Viva Cristo Rey!


[1] Ibidem, p. 23.
[2] Ibidem, p. 25.
[3] Ibidem, p. 189.
[4] Ibidem, p. 190.
[5]Ibidem, p. 192-193.
[6] Ibidem, p. 196-197.

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